- Doc.
- ¿Sí, joven Skywalker?
- ¿Cómo me ha llamado?
- Es verdad Pedrito, estás envejeciendo.
- Qué cabrón.
- Pero desnudo gano. ¿Qué querías preguntar?
Ahora la lluvia. Doc fumando y una copa a media mañana. Me pregunto si le arderá el estómago o si todo ese alcohol le da la lucidez que a mí me falta.
- Hace mucho que no habla de blogs. ¿Sucede algo?
- No. ¿Qué debería suceder?
- Pues no lo sé, porque sucede que usted era crítico ácido y mordaz, y resulta que últimamente la única mordacidad que respira debe de ser entre las piernas de alguna de esas señoritas que llama.
Una calada densa, un café en una película en blanco y negro. No le veo como a Bogart o como a Cary Grant. Tampoco diría que es Robert Mitchum aunque un día me confesara que sentía fascinación por Macao y por Jane Russell a pesar de no considerarla una actriz. Después de todo –me diría-, tampoco lo fue Ava Gardner.
- ¿Adónde quieres llegar Pedrito?
- Los blogs.
- Ah, los blogs.
- Sí, los blogs. Usted escribía críticas.
- Es cierto. Siempre sobre el mismo arquetipo de blog. El mismo cretino que quiere que se hable de él aunque sea mal para conseguir visitas, lo que no está mal si lo haces un par de veces o tres. Luego está el otro arquetipo, el del artista que cree que el puto y jodido dios se ha follado a su madre y ha dado a luz a un geniecillo. Ya sabes: gente que levanta la moderación de comentarios no sea que alguien con menos conciencia que yo le diga lo que realmente piensa de la mierda que escriben. Y no nos olvidemos de Los sentimentales, aquellos que directamente follan con dios y se creen que tienen línea directa con lo divino, como si retorcer el lenguaje y abrir el diccionario buscando palabras que nadie usa fuera sinónimo de poesía. No hace mucho una Sentimental en un salón de actos me preguntó con una de esas sonrisas de me cepillo los dientes cada mañana: “¿Tú tienes blog?” Y te prometo que estuve a punto de responder: “Sí, mi blog se llama Dexter y el tuyo es un insulto a la inteligencia y merece morir”. Pero fui prudente y dije que no sabía escribir.
- No se lo creería.
- Ya lo creo si se lo creyó. Puse esa sonrisa de cimitarra y supongo que se dio cuenta de que sus poemas eran al arte como un impotente a un actor porno.
- ¿Por eso no critica blogs?
- No.
- ¿No?
- No.
- ¿Por qué no lo hace?
Me gusta ver el balcón lleno de humo, su copa bajando en el vaso. No sé por qué hay mujeres que ven en la autodestrucción algo romántico. Supongo que es como un viaje del que no sabes si vas a regresar y cuyas sensaciones son lo único verdadero que habrá en ti. Porque sabes que no hay nada falso en quien es consciente de su mortalidad.
- No lo hago porque ya lo he hecho. Sería como repetirme, y repetirse es de mal gusto. No quiero cantar la misma canción, y como diría tito Kundera: “La historia del arte no resiste las repeticiones”.
Un trago y un cielo gris casi a mediodía, como el humo del Rick’s café y una corista cantando una canción que me huele a la lluvia.
- ¿Ya no habrá más críticas?
- ¿Estás de broma? El mundo entero es un péndulo que oscila entre lo ridículo y una risa. Pedrito, ¿me has visto follar alguna vez con la misma puta? ¿He marcado el mismo número buscando a la misma mujer?
- Pues, Doc, algunas veces.
- Eso fue porque el polvo perfecto requiere al menos dos o tres, puede que cuatro encuentros. Después de ese polvo perfecto tienes que moverte entre otras piernas, y otras bocas, y otros nombres distintos que olvidas aún cuando no seas capaz de olvidar a qué huelen. Su perfume, Pedrito, es la esencia de todo. Lo es de esta copa y de este cigarrillo que se consume. Lo es de esta lluvia.
- Vale, lo que quiera, pero marcó el mismo número.
- Sí, y también estoy aquí, en la misma centralita.
- Aunque tiene nombre de whisky.
- ¿El qué?
- Cada martes, su centralita. Somos de polvo blanco y dorado.
Entonces se ríe. Es extraño verle reír porque sólo le hemos oído reír sin saber qué aspecto tiene. Entonces todo se relaja y se marcha con el humo y el frío y la humedad de la lluvia. Porque allí quedamos, como quien echa una partida de cartas o ve en un charco una parte del mar.
- ¿Sí, joven Skywalker?
- ¿Cómo me ha llamado?
- Es verdad Pedrito, estás envejeciendo.
- Qué cabrón.
- Pero desnudo gano. ¿Qué querías preguntar?
Ahora la lluvia. Doc fumando y una copa a media mañana. Me pregunto si le arderá el estómago o si todo ese alcohol le da la lucidez que a mí me falta.
- Hace mucho que no habla de blogs. ¿Sucede algo?
- No. ¿Qué debería suceder?
- Pues no lo sé, porque sucede que usted era crítico ácido y mordaz, y resulta que últimamente la única mordacidad que respira debe de ser entre las piernas de alguna de esas señoritas que llama.
Una calada densa, un café en una película en blanco y negro. No le veo como a Bogart o como a Cary Grant. Tampoco diría que es Robert Mitchum aunque un día me confesara que sentía fascinación por Macao y por Jane Russell a pesar de no considerarla una actriz. Después de todo –me diría-, tampoco lo fue Ava Gardner.
- ¿Adónde quieres llegar Pedrito?
- Los blogs.
- Ah, los blogs.
- Sí, los blogs. Usted escribía críticas.
- Es cierto. Siempre sobre el mismo arquetipo de blog. El mismo cretino que quiere que se hable de él aunque sea mal para conseguir visitas, lo que no está mal si lo haces un par de veces o tres. Luego está el otro arquetipo, el del artista que cree que el puto y jodido dios se ha follado a su madre y ha dado a luz a un geniecillo. Ya sabes: gente que levanta la moderación de comentarios no sea que alguien con menos conciencia que yo le diga lo que realmente piensa de la mierda que escriben. Y no nos olvidemos de Los sentimentales, aquellos que directamente follan con dios y se creen que tienen línea directa con lo divino, como si retorcer el lenguaje y abrir el diccionario buscando palabras que nadie usa fuera sinónimo de poesía. No hace mucho una Sentimental en un salón de actos me preguntó con una de esas sonrisas de me cepillo los dientes cada mañana: “¿Tú tienes blog?” Y te prometo que estuve a punto de responder: “Sí, mi blog se llama Dexter y el tuyo es un insulto a la inteligencia y merece morir”. Pero fui prudente y dije que no sabía escribir.
- No se lo creería.
- Ya lo creo si se lo creyó. Puse esa sonrisa de cimitarra y supongo que se dio cuenta de que sus poemas eran al arte como un impotente a un actor porno.
- ¿Por eso no critica blogs?
- No.
- ¿No?
- No.
- ¿Por qué no lo hace?
Me gusta ver el balcón lleno de humo, su copa bajando en el vaso. No sé por qué hay mujeres que ven en la autodestrucción algo romántico. Supongo que es como un viaje del que no sabes si vas a regresar y cuyas sensaciones son lo único verdadero que habrá en ti. Porque sabes que no hay nada falso en quien es consciente de su mortalidad.
- No lo hago porque ya lo he hecho. Sería como repetirme, y repetirse es de mal gusto. No quiero cantar la misma canción, y como diría tito Kundera: “La historia del arte no resiste las repeticiones”.
Un trago y un cielo gris casi a mediodía, como el humo del Rick’s café y una corista cantando una canción que me huele a la lluvia.
- ¿Ya no habrá más críticas?
- ¿Estás de broma? El mundo entero es un péndulo que oscila entre lo ridículo y una risa. Pedrito, ¿me has visto follar alguna vez con la misma puta? ¿He marcado el mismo número buscando a la misma mujer?
- Pues, Doc, algunas veces.
- Eso fue porque el polvo perfecto requiere al menos dos o tres, puede que cuatro encuentros. Después de ese polvo perfecto tienes que moverte entre otras piernas, y otras bocas, y otros nombres distintos que olvidas aún cuando no seas capaz de olvidar a qué huelen. Su perfume, Pedrito, es la esencia de todo. Lo es de esta copa y de este cigarrillo que se consume. Lo es de esta lluvia.
- Vale, lo que quiera, pero marcó el mismo número.
- Sí, y también estoy aquí, en la misma centralita.
- Aunque tiene nombre de whisky.
- ¿El qué?
- Cada martes, su centralita. Somos de polvo blanco y dorado.
Entonces se ríe. Es extraño verle reír porque sólo le hemos oído reír sin saber qué aspecto tiene. Entonces todo se relaja y se marcha con el humo y el frío y la humedad de la lluvia. Porque allí quedamos, como quien echa una partida de cartas o ve en un charco una parte del mar.





