
Cuando Ludvik se divierte escribiendo una carta en la que provoca a Marketa, el régimen totalitario no sólo le condena, sino que le hace denunciarle porque es “lo correcto”.
Ludvik había escrito: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trosky!”
En esa novela de Kundera, La broma, planea con su hedor a tragedia griega, a chiste de los dioses, a esa clase de burla que te hace pensar que no eres gran cosa, y que precisamente esa consciencia de ti mismo, esa violación de todo lo leve, es patéticamente graciosa.
El totalitarismo de su vieja Bohemia ha sido sustituido en la modernidad por el despotismo de lo sentimental: la obra del individuo, su gesto, incluso su sentido del humor, queda condenado a lo que es moral, “lo correcto”, porque “no cabe la menor duda de lo que está bien y lo que está mal”.
Supongo que lo correcto es escribir académicamente, permitir la censura de quien considera que el sexo es una grosería, que escribir sobre putas es machista, que la polla es esa clase de palabra guarra donde se bañan los salidos y los que creen que la mujer es sólo un agujero sobre el que desfogarse.
Supongo que para muchos leer que hay autoras mediocres que sólo se ven su menstruación, es un ataque misógino, y que para esos mismos escribir que un autor sólo ve en sí mismo la punta de su glande, una verdad indiscutible.
Cuando me siento a escribir divago entre un gran chiste: el de la incapacidad de cambiar nada frente al deseo fervoroso de impresionar a Marketa.
Naturalmente ella no puede entender lo que significa asomarse a ninguna clase de abismo, se siente atraída por algo prohibido, un eco remoto que le llama desde la nostalgia de lo que nunca pudo ser porque los sentimentales, voraces y crueles, aún más que el peor de los sarcasmos o la más cruda de las ironías, se amparan como los autocompasivos, en el yo del alma, en la irrisoria bondad que reprime su naturaleza.
Por eso huyen despavoridos: no escuchan, sólo apelan a los sentimientos, y estos no quieren saber nada de rotos en las cortinas del salón.
En un lugar donde el sentido del humor ha muerto, donde quien lee busca la sangre o busca el reconocimiento, donde la “idea” única prevalece, la broma se diluye y se pierde.
El arte nunca puede ser arte si antes no libera al monstruo que lleva dentro, y el mío es capaz de una exquisitez tan profunda que derrocaría imperios: los míos, los de nadie más. Porque nacen y mueren, se confabulan, juegan, buscan a Marketa en algún lugar, donde nadie mira, en la privacidad de alcobas donde se permite entrar a quien no busca exhibir su sentimentalismo.
Porque el despotismo sentimental tiende a exhibir todos los sentimientos, los hace públicos, como en la Bohemia comunista de Kundera: sólo lo público es lo verdadero, porque es lo que demostramos, ¡es el pueblo y el pueblo tiene que saberlo!, y todo lo que no sea del pueblo ha de ser despreciado, condenado.
La trampa de la gramática subyacente, el yo enjaulado, la prisión del lenguaje de la que hablaba Burroughs: No sabe cuánta razón ha llegado a tener, o quizá lo supiera demasiado bien, mucho mejor que todos vosotros, con más fuerza que yo.
Voy a beber, y lo cierto es que no hay ninguna razón. No hay nada que celebrar: Marketa se difumina y no atiende a mis cartas de amor, de hecho, hace tiempo que no escucha a nadie.






