
Enlace: Cartas de la historia
“Si hay algo fascinante que los blogs son incapaces de imitar, es el universo epistolar.
Género frecuentado por escritores románticos desde el siglo XVIII como vehículo de verosimilitud novelesca, las cartas, son el documento único de un pensamiento íntimo que con frecuencia la historia suele traicionar haciendo público algo que nace con vocación de secreto y privacidad.
Max Brod, célebre traidor amigo de Kafka, nunca lo entendió, del mismo modo que los blogueros nunca entenderán el proceso íntimo de la memoria. Suelen pensar más bien en exhibirse que en contar, en masturbarse con sus posibles lectores, tan mediocres como ellos, que en escribir algo que sea mínimamente honesto.
Así es como encontramos esta absoluta delicia de blog: cartas íntimas de escritores, músicos, pintores, cineastas, pensadores, amantes que murieron demasiado jóvenes, deseos que se encontraban a hurtadillas, amigos que comprendieron como ninguno, casi poemas rotos de la humanidad perdida.
Es ahora, cuando levanto el dedo en esta tasca maloliente y digo que quiero leer unos fragmentos de la torpe escritura de Mozart, hablar de la cursilería con que trataba a su mujer, de sus deudas, del menos mal que hacía música en vez de escribir, porque no se habría comido un rosco, cuando interesa poco o nada, casi lo mismo como cuando este crítico irredento parece querer volcarse más hacia aquello que le fascina que, por el contrario, contra aquello que mortalmente le aburre.
Aunque no hay nada más aburrido que tú, ¿verdad?
Así que sigo leyendo: Paco Rabal sueña con Lorca y con Machado cuando le escribe a su mujer una carta arrebatadoramente bella, andaluza, tan llena de fidelidad que nadie diría que aquel hombre sería el mujeriego que conocimos; John Keats se muere de amor por su amada imposible, en un anhelo quedo que rompe su vida mientras dice su nombre: Fanny… Fanny… ; Mario Vargas Llosa habla de los escritores, de su oficio, de su libertad; cuando Buñuel le escribe a su librero no dejo de pensar en Helene Hanff y en las cartas que escribiría a 84 Charing cross road, o en la obra de teatro que dirigió Isabel Coixet, antes de que parte de mí se rompiera; leo las promesas de inmortalidad que Liszt le hizo a Marie D’Agoult, madre de Cosima, hija ilegítima de ambos que buscaría en Wagner el padre que nunca tuvo, y que crearía la leyenda del antisemita que nunca fue; y sigo leyendo, y me fascina la reverencia con que Baudelaire se dirige a la música de Wagner, porque es casi la misma con que yo mismo me dirijo a unos pocos blogs, a unas pocas personas, aunque estas, una sola, me haga esclavo de su belleza pero no de sí misma.
Leo la tragedia de Pavese, la ausencia de estima en su vida, la necesidad de afecto de Charlotte Brönte que se aferra a su profesor con mesura casi victoriana, contenida, como quien siente húmedo su sexo y cierra sus piernas con tanta fuerza que diría que un pene privado la atraviesa por dentro. Leo a Diderot, temblando, el comediante enamorado acaso de quien no pudo poseer, o tal vez de quien admiró y pensó no estar a la altura.
Leo y leo, y podría hablar de todas las cartas, hacer una entrada tan larga como una novela.
En vez de eso levanto mi copa y bebo: los dioses bendicen la madrugada, es posible que al otro lado del tiempo la humanidad no estuviera tan perdida, puede que durmáis, bellacos, y que vuestra mediocridad, sólo sea el sueño de una noche de mayo”.
“Si hay algo fascinante que los blogs son incapaces de imitar, es el universo epistolar.
Género frecuentado por escritores románticos desde el siglo XVIII como vehículo de verosimilitud novelesca, las cartas, son el documento único de un pensamiento íntimo que con frecuencia la historia suele traicionar haciendo público algo que nace con vocación de secreto y privacidad.
Max Brod, célebre traidor amigo de Kafka, nunca lo entendió, del mismo modo que los blogueros nunca entenderán el proceso íntimo de la memoria. Suelen pensar más bien en exhibirse que en contar, en masturbarse con sus posibles lectores, tan mediocres como ellos, que en escribir algo que sea mínimamente honesto.
Así es como encontramos esta absoluta delicia de blog: cartas íntimas de escritores, músicos, pintores, cineastas, pensadores, amantes que murieron demasiado jóvenes, deseos que se encontraban a hurtadillas, amigos que comprendieron como ninguno, casi poemas rotos de la humanidad perdida.
Es ahora, cuando levanto el dedo en esta tasca maloliente y digo que quiero leer unos fragmentos de la torpe escritura de Mozart, hablar de la cursilería con que trataba a su mujer, de sus deudas, del menos mal que hacía música en vez de escribir, porque no se habría comido un rosco, cuando interesa poco o nada, casi lo mismo como cuando este crítico irredento parece querer volcarse más hacia aquello que le fascina que, por el contrario, contra aquello que mortalmente le aburre.
Aunque no hay nada más aburrido que tú, ¿verdad?
Así que sigo leyendo: Paco Rabal sueña con Lorca y con Machado cuando le escribe a su mujer una carta arrebatadoramente bella, andaluza, tan llena de fidelidad que nadie diría que aquel hombre sería el mujeriego que conocimos; John Keats se muere de amor por su amada imposible, en un anhelo quedo que rompe su vida mientras dice su nombre: Fanny… Fanny… ; Mario Vargas Llosa habla de los escritores, de su oficio, de su libertad; cuando Buñuel le escribe a su librero no dejo de pensar en Helene Hanff y en las cartas que escribiría a 84 Charing cross road, o en la obra de teatro que dirigió Isabel Coixet, antes de que parte de mí se rompiera; leo las promesas de inmortalidad que Liszt le hizo a Marie D’Agoult, madre de Cosima, hija ilegítima de ambos que buscaría en Wagner el padre que nunca tuvo, y que crearía la leyenda del antisemita que nunca fue; y sigo leyendo, y me fascina la reverencia con que Baudelaire se dirige a la música de Wagner, porque es casi la misma con que yo mismo me dirijo a unos pocos blogs, a unas pocas personas, aunque estas, una sola, me haga esclavo de su belleza pero no de sí misma.
Leo la tragedia de Pavese, la ausencia de estima en su vida, la necesidad de afecto de Charlotte Brönte que se aferra a su profesor con mesura casi victoriana, contenida, como quien siente húmedo su sexo y cierra sus piernas con tanta fuerza que diría que un pene privado la atraviesa por dentro. Leo a Diderot, temblando, el comediante enamorado acaso de quien no pudo poseer, o tal vez de quien admiró y pensó no estar a la altura.
Leo y leo, y podría hablar de todas las cartas, hacer una entrada tan larga como una novela.
En vez de eso levanto mi copa y bebo: los dioses bendicen la madrugada, es posible que al otro lado del tiempo la humanidad no estuviera tan perdida, puede que durmáis, bellacos, y que vuestra mediocridad, sólo sea el sueño de una noche de mayo”.





