- Pedrito, amigo, oye una cosa: si me pica un cojón significa que voy a saber a qué huelen las nubes.
- No, Doc: significa que es usted un ordinario, un grosero, y un vulgar.
Recojo los cubiertos y él saca el mantel de un cajón. Le gustan los manteles con motivos griegos, dice que adora provocar.
- Pero vamos a ver, Pedrito, ¿qué ordinario ni qué ocho mierdas? Si a alguien le pica un cojón, le pica un cojón. Es como cuando te pica la cabeza, ¿es ordinario que te pique la cabeza? No. Nadie cree que sea ordinario un picor capilar porque no está en la zona de los huevos, ahora bien, si está en la zona de los huevos, resulta que es ordinario. ¿Es por el olor, Pedrito? ¿Te huelen mal mis huevos?
- Oh Doc, no me huelen mal sus huevos…
- ¡¡¡¡¡Ves!!!!! Nunca podrían olerte mal mis cojones: me los lavo día a día, como Johnny Rambo a su coronel.
- Doc…
- Pedrito…
Nos sentamos ante la mesa, como los doce apóstoles, y pienso que entre los dos no puede haber ningún Judas.
- No me huelen mal sus partes íntimas porque nunca las he olido, y aunque fuera usted el último hombre sobre la tierra y yo el último hombre desesperado de sexo sobre esta tierra, tampoco se los olería.
- ¿Ni perfumados con lavanda? Pedrito, que sé que te gusta la lavanda. Te vi regalarle un bote a aquella fulana en el desierto…
- Doc…
- Pedrito…
- ¿Qué va a hacer este martes?
- Deslumbrar a una doncella invisible.
Entonces sirve algo que ha cocinado largamente el domingo por la mañana. Huele a especias y a jengibre, a lata de cerveza recién abierta, al perfume de alguien a quien besó durante horas.
- Usted lo único que deslumbra es al destierro, porque usted y yo acabaremos desterrados como siga así.
- Pedrito, amigo mío, mañana la noche será nuestra, la oscuridad nuestra aliada. Piénsalo: seremos Cyrano bajo los matojos hablándole a nuestra desconocida Roxanne. Mañana por la noche suspirará el mundo, tal vez un par de bragas en forma de estrellas.
- Doc…
- ¿Sí?
- Deje las drogas.
- ¿Por qué?
- Para dármelas a mí, necesito meterme algo para poder soportarle un día más.
Y comimos, el festín de todos los que son, de todas las copas que nos bebimos, de las risas y de las ventanas que se abrieron como piernas, de todas las mujeres que nunca fueron, de un beso, el único.
- No, Doc: significa que es usted un ordinario, un grosero, y un vulgar.
Recojo los cubiertos y él saca el mantel de un cajón. Le gustan los manteles con motivos griegos, dice que adora provocar.
- Pero vamos a ver, Pedrito, ¿qué ordinario ni qué ocho mierdas? Si a alguien le pica un cojón, le pica un cojón. Es como cuando te pica la cabeza, ¿es ordinario que te pique la cabeza? No. Nadie cree que sea ordinario un picor capilar porque no está en la zona de los huevos, ahora bien, si está en la zona de los huevos, resulta que es ordinario. ¿Es por el olor, Pedrito? ¿Te huelen mal mis huevos?
- Oh Doc, no me huelen mal sus huevos…
- ¡¡¡¡¡Ves!!!!! Nunca podrían olerte mal mis cojones: me los lavo día a día, como Johnny Rambo a su coronel.
- Doc…
- Pedrito…
Nos sentamos ante la mesa, como los doce apóstoles, y pienso que entre los dos no puede haber ningún Judas.
- No me huelen mal sus partes íntimas porque nunca las he olido, y aunque fuera usted el último hombre sobre la tierra y yo el último hombre desesperado de sexo sobre esta tierra, tampoco se los olería.
- ¿Ni perfumados con lavanda? Pedrito, que sé que te gusta la lavanda. Te vi regalarle un bote a aquella fulana en el desierto…
- Doc…
- Pedrito…
- ¿Qué va a hacer este martes?
- Deslumbrar a una doncella invisible.
Entonces sirve algo que ha cocinado largamente el domingo por la mañana. Huele a especias y a jengibre, a lata de cerveza recién abierta, al perfume de alguien a quien besó durante horas.
- Usted lo único que deslumbra es al destierro, porque usted y yo acabaremos desterrados como siga así.
- Pedrito, amigo mío, mañana la noche será nuestra, la oscuridad nuestra aliada. Piénsalo: seremos Cyrano bajo los matojos hablándole a nuestra desconocida Roxanne. Mañana por la noche suspirará el mundo, tal vez un par de bragas en forma de estrellas.
- Doc…
- ¿Sí?
- Deje las drogas.
- ¿Por qué?
- Para dármelas a mí, necesito meterme algo para poder soportarle un día más.
Y comimos, el festín de todos los que son, de todas las copas que nos bebimos, de las risas y de las ventanas que se abrieron como piernas, de todas las mujeres que nunca fueron, de un beso, el único.







