lunes 24 de mayo de 2010

Diálogos absurdos: 21

- Pedrito, amigo, oye una cosa: si me pica un cojón significa que voy a saber a qué huelen las nubes.
- No, Doc: significa que es usted un ordinario, un grosero, y un vulgar.

Recojo los cubiertos y él saca el mantel de un cajón. Le gustan los manteles con motivos griegos, dice que adora provocar.

- Pero vamos a ver, Pedrito, ¿qué ordinario ni qué ocho mierdas? Si a alguien le pica un cojón, le pica un cojón. Es como cuando te pica la cabeza, ¿es ordinario que te pique la cabeza? No. Nadie cree que sea ordinario un picor capilar porque no está en la zona de los huevos, ahora bien, si está en la zona de los huevos, resulta que es ordinario. ¿Es por el olor, Pedrito? ¿Te huelen mal mis huevos?
- Oh Doc, no me huelen mal sus huevos…
- ¡¡¡¡¡Ves!!!!! Nunca podrían olerte mal mis cojones: me los lavo día a día, como Johnny Rambo a su coronel.
- Doc…
- Pedrito…

Nos sentamos ante la mesa, como los doce apóstoles, y pienso que entre los dos no puede haber ningún Judas.

- No me huelen mal sus partes íntimas porque nunca las he olido, y aunque fuera usted el último hombre sobre la tierra y yo el último hombre desesperado de sexo sobre esta tierra, tampoco se los olería.
- ¿Ni perfumados con lavanda? Pedrito, que sé que te gusta la lavanda. Te vi regalarle un bote a aquella fulana en el desierto…
- Doc…
- Pedrito…
- ¿Qué va a hacer este martes?
- Deslumbrar a una doncella invisible.

Entonces sirve algo que ha cocinado largamente el domingo por la mañana. Huele a especias y a jengibre, a lata de cerveza recién abierta, al perfume de alguien a quien besó durante horas.

- Usted lo único que deslumbra es al destierro, porque usted y yo acabaremos desterrados como siga así.
- Pedrito, amigo mío, mañana la noche será nuestra, la oscuridad nuestra aliada. Piénsalo: seremos Cyrano bajo los matojos hablándole a nuestra desconocida Roxanne. Mañana por la noche suspirará el mundo, tal vez un par de bragas en forma de estrellas.
- Doc…
- ¿Sí?
- Deje las drogas.
- ¿Por qué?
- Para dármelas a mí, necesito meterme algo para poder soportarle un día más.

Y comimos, el festín de todos los que son, de todas las copas que nos bebimos, de las risas y de las ventanas que se abrieron como piernas, de todas las mujeres que nunca fueron, de un beso, el único.

jueves 13 de mayo de 2010

Antonio Ozores: el hombre que me hizo reír

Siempre echaremos de menos a los que no están, a los que se fueron, a quienes fueron parte de nosotros. No sabes lo que es la muerte hasta que te arrancan algo tuyo que no sabías que tanto te pertenecía. Entonces no sabes que el equilibrio del cosmos se debe reorganizar, porque somos electrones que giran alrededor de algo que se ha roto: así es nuestra fuerza de gravedad. Y a veces nos perdemos, dolidos, dolientes, resquebrajados como la voz de Chavela, ocultos en la oscuridad de un cuarto donde bebes demasiado y ves películas: las suyas, las de Antonio.

Y un día de lluvia alguien te mira, como por casualidad, y te recuerda que cada instante es aún más precioso que un cálido amanecer en Plutón.

Afuera llueve y estoy cansado, los ojos me pesan como lápidas, hace frío y el hielo no se ha derretido en la copa: brindo por ti, Antonio, el tipo que me hizo reír, el cómico. Me gusta pensar en ti como de otro tiempo, esa idea romántica de los actores recorriendo pueblos y mordiendo el polvo de los caminos para dejar un par de actuaciones, risas y olvido hasta el siguiente lugar que nos espera.

No hay nada más austero y desagradecido que un público que olvida hasta que la muerte nos alcanza y ya es inevitable todo lo demás.

La risa hace que todos nuestros fantasmas desaparezcan por un instante, sin embargo, no hace que las cosas se solucionen, nuestra vida sigue siendo la misma, los miedos no se van a escapar, pero todo cambia cuando pareces no tomarte nada en serio. El cine por el que le conocimos habla de ese tipo de risa. Puede que no fueran las mejores películas, es posible que no hablaran de nada profundo, ni conmovieran al ser humano: la risa es leve, la bocanada de humo que nos hace sentir ligeros, un beso adolescente robado en el portal de su casa. Mi infancia y sus risas le pertenecen, y si bien durante años adolescentes he renegando de ese cine, ya adulto, me volví a enamorar de su tibiedad, de su ligereza, de su risa.

Somos criaturas absurdas, siempre temiendo a que un rayo nos alcance cuando lo cierto es que todo nos alcanza. Y es gracioso pensar en quien no vive porque su sentido del humor es demasiado serio como para entender que la risa nunca ha sido cosa seria.

- Hazme reír-, me dijo una vez alguien que me amó. Y cuando la hice reír estuvo conmigo aún más años que todos los tiempos en que nos hicimos tanto daño. Nos besábamos al cerrar los bares, nos emborrachábamos, y nos envolvíamos desnudos en sábanas aún tan frías como este licor que entra en mi garganta.

Es imposible no enamorarte de quien hace una mueca y el mundo entero se centra en una carcajada: porque tu risa es la mía, porque somos vulnerables, y haces que me sienta segura contigo, me decía.

Allá donde nos perdemos la muerte se está riendo, porque hay alguien que le está contando chistes a Caronte. Aquí el cielo se apaga, la ceniza se desploma sobre los ceniceros de cristal, hay quien recoge el escenario y los furgones se llenan de roídos vestuarios, baúles con máscaras, libretos aún más gastados que los labios de los amantes más intensos, y todas las luces se van agotando, tan lentamente como la ciudad que queda atrás, hasta que sólo quede de nosotros un vasto universo negro de oscuridad y silencio.







sábado 8 de mayo de 2010

Diálogos absurdos 20: Sobre críticas al chat y el porno en la radio con nombre de whisky

- Oiga Doc, ¿se ha dado cuenta de que empieza a despertar críticas?
- ¿Sí? ¿Me tengo que excitar?

Doc baja la revista porno que estaba leyendo en inglés. Dice que es un defensor de ese tipo de literatura en versión original porque los gemidos auténticos no se pueden doblar del mismo modo que a nadie se le ocurriría doblar a Chiquito de la Calzada.

- Dicen que el chat es un aburrimiento.
- Ya, Pedrito, bueno.

Deja la revista a un lado, dejando claro que a esa nena ya se la ha zumbado varias veces en los baños públicos de un bar country.

- ¿Y no le importa?
- Hombre, teniendo en cuenta quien lo dice. Pse.
- ¿Pse?
- Pse sin gas, Pedrito. Que vengan a animarlo, que hablen de la obra de Bretch o de Chejov, que hablen de Pollock y no hagan chistes idiotas acerca de un ingenioso y guarrete juego de palabras mientras se preguntan: ¿y ese quién es? Que aporten los condones Pedrito, porque aquí follar queremos todos, pero tumbarnos en la cama a que el otro haga sin poner de nuestra parte y luego decirle que es aburrido… bueno, no sé en qué lugar deja eso al comentarista casual.

Enarca una ceja, sonríe de lado, media sonrisa como una media luna, como una cimitarra afilada de mil noches.

- Doc, le noto algo reprimido
- Muerdo mi lengua como mordería otra lengua con una leve presión de mis dientes.
- ¿Iría al infierno mordiendo esa lengua?
- No conozco lugar mejor que esa boca.

Se levanta con una mueca que huele a sarcasmo. Un cigarrillo, el chasquido de un mechero, una larga aspiración, una canción.

- Te diré algo Pedrito: este martes el chat será todo lo montón de mierda que quieras, piensa de todos modos que lo dicen quienes contribuyen a la mierda en vez de a perfumarla, porque ya sabes que a mí las mierdas, si son con buen olor, me gustan tanto como olerle el pelo a Britney Spears en un after. Pero está bien, ¿quién soy yo para ir contra las críticas?
- ¿Adónde quiere ir a parar, Doc?

Oigo el humo entrando por su garganta, una expiración, un leve soplido, bragas mojándose bajo la lluvia.

- Quiero ir a parar a este martes, porque en la radio con nombre de whisky llegará el porno a mi boca Pedrito: una escritora me ha mandado unas cuantas perlas, amigo mío, y haré la lectura de textos que harán humedecerse a todas las monjas de este planeta, a todos los que no follan ni pagando, y a los que tienen la bragueta oprimida, también: sus pollas oxidadas saldrán de esas jaulas de barrotes de cremallera, se ventilarán con sus pañuelos blancos ondeando en las ventanas, esos pequeños gladiadores agitando sus espadas buscando la sangre en la arena.
- Dios Doc, ¿por qué tiene que ser siempre tan fanfarrón y tan animal? ¿No puede decir mejor que le han mandado unos buenos textos eróticos que leerá sin crear tanta maldita expectación?
- No.
- ¿No?
- No Pedrito, no puedo decirlo de otra forma: me hicieron así.

Una densa calada, el cigarrillo se termina, una colilla extinguida en el cenicero gris, un sorbo al whisky, el hielo derretido, y el martes: la tempestad.

domingo 2 de mayo de 2010

Diálogos absurdos 19: Siempre en la radio con nombre de whisky

- Hemos recorrido, ¿eh Pedrito?
- Ya lo creo Doc.
- ¿Dónde nos quedamos? Quiero decir: ¿cuántos bares hemos tenido que cerrar para llegar a este instante? A veces me sorprende.
- ¿Qué le sorprende Doc?
- En qué nos convertimos.
- ¿En qué se ha convertido usted?
- En algo insignificante Pedrito, en una sombra que bebe en noches como esta mientras escucha el murmullo de los parroquianos gritar algún himno.
- ¿Se refiere al fútbol?
- Me refiero a lo que es verdaderamente importante y a lo que no. ¿Es importante la comedia, Pedrito?
- Más que el fútbol Doc.
- Ya, bueno, sí, pero la risa hace que todo parezca leve, y lo leve, es el aire que respiras, algo que se te mete en los pulmones como mal tabaco y se esfuma.
- ¿Qué no se esfuma?
- El peso, Pedrito, coño, que pareces nuevo: el puto peso, ya sabes: el drama de todos, el pasado que siempre vuelve, las traiciones que no se perdonan, todas esas mentiras que acosan como violadores en el tarro de los blogueros necesitados de otros blogueros que a su vez se enlazan, como necesitados, aún así, de más necesidad.
- ¿Y qué le importa eso a usted?
- Quizá sienta un peso, Pedrito.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿De veras?
- Te lo juro por las bragas sudadas de Patricia Conde.
- Eso es mucho jurar.
- Puede.
- Sí, Doc, puede.
- ¿Se oirán los violines, Pedrito?
- Siempre se oyen Doc.
- Siempre los oigo.
- Sé que los oye, aunque ría, o aunque su nueva psicoanalista lo sugiera. Puede que la conociera en Egipto.
- Puede que la conocieras tú. Recuerdo como hablabas de las túnicas blancas y de la arena del desierto levantarse alrededor de sus labios como si cada grano en su piel fuera el perfume de un harem.
- Doc…
- Pedrito…
- Cállese.
- Vale.
- Bien.
- Vale, pero el MARTES puedo hablar, ¿no?
- Sí.
- Sí.
- Bien.
- ¿Nada de túnicas que se caen de su cuerpo desnudo en una tienda de campaña?
- No.
- ¿No?
- No.
- Mierda, Pedrito.
- Doc…
- ¿Sí?
- Muérase hasta el martes a las diez que empieza el PROGRAMA y el Chat.
- ¿Eso quieres?
- Y que se calle.
- Vale.
- Y que oiga los violines. Escúchelos: son como un soneto, como una pequeña opereta, como un susurro que sube diez pisos para decirle al oído algo secreto que sólo las arenas del desierto podrían descifrar. Sólo ellas, sólo las arenas, solamente…